Tantos años discurriendo normas para mejorar el espectáculo y la solución la tenía una marca de ruedas italiana. Fue llamar a Pirelli para que volviera a la Fórmula 1 (la habían abandonado en 1991) y convertirse las carreras en una ruleta. Cada uno de los tres que se iban a jugar ayer la victoria había llegado al sprint final con una estrategia distinta. Con una parada (Vettel), dos (Alonso) o tres (Button), el compuesto superblando apareció en Montecarlo para entregar un fenomenal espectáculo. Hubo hasta adelantamientos en una pista tan poco propicia para ello. Y si no aparece el coche de seguridad en el último momento quién sabe lo que podría haber pasado en ese sprint final que se preparaba para un trío de pilotos con el colmillo afilado.
Vettel (Red Bull) iba a empezar a enseñar las lonas de un momento a otro, después de 56 vueltas tozudo con los neumáticos más duros, que en Montecarlo eran los blandos de Pirelli; Alonso, detrás, con su Ferrari, los tenía algo mejor, porque los había cuidado, aunque ya iba por la vuelta 38.ª con el mismo calzado. Y Button, el tercero, con el McLaren, se frotaba las manos esperando el desfallecimiento de los rivales, porque las suyas tenían 15 giros menos que las del español.
Un caramelo para los espectadores que se les deshizo en la boca antes de saborearlo, porque un accidente en la zona de la piscina mandó al coche de seguridad a la pista y dejó la tarde sentenciada. Otra vez ganó Vettel, que sonríe desde la cumbre con sus cinco victorias en seis carreras. Dictadura.
Vettel, Vettel… siempre Vettel. Van cinco victorias del alemán, que intuye que pueden ir tomándole medidas ya para la corona. Talento, un coche dominante y también la suerte que siempre hace falta. No es Sebastian asiduo de las fiestas de los domingos en las noches de la Fórmula 1, pero bien habría hecho ayer si hubiese encontrado un hueco para pasarse por el casino. Reventaría la ruleta. Apostó por una táctica a priori suicida. Pensar en una única parada con los actuales neumáticos suena a ruina segura. En eso debía de ir pensando camino de la parrilla, cuando, a pie, subía despreocupado las escaleras que sortean el puerto de Montecarlo.
Un par de horas más tarde había reventado la banca cuando sus ganancias estaban disminuyendo. Se estaba cocinando una tormenta descomunal con tres coches pegados (Vettel, Alonso y Button) cuando el pelotón de doblados hizo de las suyas. Venían los líderes lanzados, cada uno con sus circunstancias de neumáticos y con la amenaza sobre la cabeza del alemán. Calculaban los rivales que en el tramo final su apuesta iba a colapsar. Que los neumáticos a los que les iba a pedir 62 vueltas llegarían al punto de no retorno y que sería el momento ideal para el ataque.
En eso pensaba Fernando Alonso, desatado por las estrechas calles de Montecarlo, cuando el trío divisó una serpiente de doblados. Eran seis coches lentos y había que superarlos. Pero en el lío, a la altura de la piscina, se desencadenó una melé que terminó con Alguersuari por los aires y una caída sobre el Renault de Petrov, empotrado después en la valla.
La dirección de la carrera llamó al coche de seguridad y se evaporó la apoteósica batalla final que se presentaba. Mala suerte para Fernando Alonso, enorme otra vez en la salida, tan listo para hacerle la jugarreta a Webber en los escasos metros que concede la pista hasta doblar en Santa Devota.
Con el Mercedes de plata en la pista y ocho vueltas todavía para cerrar el contador, rodaron primero detrás de las sirenas de Bernard Maylander hasta que apareció la bandera roja. Petrov se había hecho daño y pedía asistencia para salir del monoplaza. Ambulancia al canto y carrera detenida. Ahora sí que estaba ya todo perdido, porque el ejército de mecánicos se presentó en un santiamén bajo el palco del Príncipe Alberto y puso los coches a tono en un abrir y cerrar de ojos.
Ruedas nuevas para todos y cirugía de urgencia para un sprint de cinco vueltas. A Hamilton hasta le cambiaron el alerón delantero, que dos fornidos operarios llevaron en volandas desde el garaje. Lo que iban a ser unos pocos giros a cara de perro y con los neumáticos destrozados de Vettel en el punto de mira, se transformó en un trámite para la galería. Adiós a las historias de neumáticos, a los momentos críticos y especulaciones varias. La suerte estaba echada y la victoria tenía un nombre, el de siempre: Sebastian Vettel
Es tan flexible la Fórmula 1 a la hora de interpretar sus normas que el límite de dos horas de un Gran Premio no se respetó ayer en Mónaco. No quedaba bien terminar tras el coche de seguridad y tampoco quisieron finiquitar la carrera con el banderazo encarnado, aunque ya se habían cumplido los mínimos obligados para entregar todos los puntos.
Igual que la dirección de carrera decidió que se podía seguir, bien podrían haber obligado a terminar en las mismas condiciones de neumáticos. Habría sido un regalo sin precio. Ver al campeón del mundo defenderse con unas ruedas que había colocado hacía una eternidad (vuelta 16.ª) y que estaban a punto para la dimisión, acosado por un Fernando Alonso desatado y con Jenson Button justo detrás, éste sí con unas gomas nuevecitas. No tendría precio.
Pero la realidad es tozuda y dice que Vettel mereció su quinta victoria de seis posibles. Con las circunstancias que sean, lleva dos carreras defendiendo el liderato. En Barcelona Hamilton no le quitó el ojo de encima en todo el Gran Premio y ayer tuvo que aguantar la aparición de Alonso, aunque el coche de seguridad le vino de maravilla para zafarse de un combate en el que iba a estar incómodo.
A Alonso el segundo puesto le sabe a poco. La tarde que consigue su mejor resultado del año se queda con la sensación de que tenía la victoria al alcance. La brecha en el Mundial pone a Vettel en órbita. Nadie ha perdido un Campeonato con cinco de los seis primeros triunfos, y la clasificación es transparente. Alonso, que es el quinto de la lista, está a 74 puntos. Pero es que Hamilton, segundo, viaja a 58 después de su sexta plaza